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Infortunio quizás, para eso estamos. Y comenzaron los días de terapia, días que trajeron consigo las nebulosas del pasado, los hechos recientes que abrieron heridas mal curadas. La pena, el dolor, las ausencias, el vacío. Interrogaciones existenciales que emulan respuestas al origen de sí mismo, de mí mismo. Resiliencia, denominación que utilizan los científicos para determinar el estado de los minerales que son expuestos a altas o bajas temperaturas sin sufrir modificación alguna. Resiliencia, palabra que utilizan los psicólogos para determinar a una persona que mantiene su esencia sin que los hechos o las circunstancias lo modifiquen o alteren el curso de su vida, como un ser social, cabal, definido. Resiliencia, en simples palabras, la resistencia a todo.

sábado, 2 de agosto de 2014

Eternidad

Alteración de los sentidos
Aguda fricción de los recuerdos minuciosos
Escarbar la raíz de los males
Presente inagotable

De eso se trata la simpleza del mundo
Del ser y el todo
De ser uno mismo
Buscarse, hallarse y recuperarse.
El enclítico que recae en sí mismo
¿Te das cuenta ?

Conjugación de la ciencia y el espíritu
Alcanzar la fe
Alcanzarla mediante el candor del amor
y el raciocinio hipotético deductivo
Mediante pruebas, todo.

De eso se trata la simpleza del mundo
De la espera constante
De la paz lograda
Animarse, proyectarse y alzar vuelo
Correr el riesgo todo el tiempo
¿Tienes ganas ?

De eso se trata la simpleza del mundo
Del ser, del hombre y el todo
Del cuerpo, la mente y el espíritu
¿Te das cuenta ?
De eso estamos hechos
De lo físico, lo psíquico y el alma
La esencia invisible e inalterable

Y tú esperas
en el umbral de los miedos
el soplo del aire en tu rostro
el mismo que recibió Adán
¿Tienes ganas ?

Y se produce la alteración de los sentidos
Se agudiza la perspectiva
Se escarba en lo profundo de lo esencial
Y el presente, se hace eterno.

Resiliencia


Infortunio quizás, para eso estamos. Y comenzaron los días de terapia, días que trajeron consigo las nebulosas del pasado, los hechos recientes que abrieron heridas mal curadas. La pena, el dolor, las ausencias, el vacío. Interrogaciones existenciales que emulan respuestas al origen de sí mismo, de mí mismo.

Agosto, Mar del Plata, mil nueve ochenta y tres. Primogénito de jóvenes padres que buscaban independencia o mas bien madurez. Seguramente por los vestigios de las fotografías, las alegrías de ellos se concretaban.
Con el correr de los años la imagen infaltable de mi hermana se sumaban al crecer. Departamento, planta baja, ella y yo, y una criatura esperando ver la luz; y mis padres, con sus disputas, sus peleas y yo con la niñez que nada lo comprendía… aún.

Mil nueve noventa, Punta Alta. La llegada a un barrio nuevo, con hermosas casas amarillas y plagado de eucaliptos, muy altos por cierto. Juegos infantiles en el patio, de los cuales mi madre también era partícipe entre la multitud de chicos. Saltar la soga (en realidad utilizábamos la manguera por ser extensa y por la cantidad de niños), escondidas, manchas, trepar por la soga hasta la punta del árbol, cumpleaños, primer grado en una escuela ilustre con un particular aroma a verano constante.

Mil nueve noventa y uno, otro integrante llega a la familia, probablemente para asegurar o quizás recomponer las disputas que continuaban, cosa que no funcionó.

Mil nueve noventa y tres, otra mudanza, esta vez hacia el Gran Buenos Aires, el conurbano, lo peor. Al segundo día paseamos por Capital con mis hermanos y mi madre; mi papá había ido a terminar o concretar, supuestamente, la entrega de la que sería nuestra próxima morada por un tiempo. El hecho de tantas mudanzas se debía a que mi padre era músico de la Armada militar y lo trasladaban constantemente y puede haber hechos o espacios que ni ustedes ni yo comprenderemos, debido a que no los podré desarrollar, pues son cosas que nunca contarán a sus hijos.
He dicho que llegar a Buenos Aires fue lo peor, porque el paseo de ese día terminó en perdición, a altas horas de la noche, con hambre, con sueño, en una villa por accidente y sin saber que sitio. Resiliencia, quizás un suceso que marcó mi vida.

Así transcurrió medio año en Almirante Brow, después continuó en Gral. Ordoñez, Córdoba, en la casa de mi abuela y luego en la de mi tía debido a las peleas.

Mil nueve noventa y cuatro, San Miguel, conurbano Bonaerense. Comenzaba un año ya sin mi padre. Con el dolor inmenso de mi madre, cosa que comprendí de grande; ya no podían estar más juntos. El dolor de ella se convirtió en enojo descargado hacia mí porque me veía parecido a él, también debíamos elegir entre ella y él, y yo, que los quería a ambos porque eran mis padres.

Mundial, transcurría durante el invierno del noventa y cuatro, ella enferma, sin trabajar y sola; tuvimos, a mi cuidado, que salir con mis hermanos al mundo a buscar local por local, tacho por tacho algo que comer, y yo, lastimando a mi hermano por no obedecerme. Un mal año, de verdad un mal año. Resiliencia, otro hecho que superar.

Allí en San Miguel crecimos juntos, con alegrías, penas, ausencias, intentando constantemente ser felices. Así pasaron para mi vida la culminación del primario, los juegos en la plaza del barrio, el delegado (o quemado), las carreras en patines, los carnavales, el comienzo de octavo año en una nueva escuela con más de mil alumnos aproximadamente por turno, y teatro, mi fuga, mi escape, mis sábados de olvido y profunda felicidad que las evoco de vez en cuando para reírme a carcajadas.

Entre fines de mil nueve noventa y cinco hasta la crisis del dos mil, mi madre tuvo un local comercial que por dicha crisis la situación la obligó a cerrar, situación que afectó a muchos argentinos de diferentes maneras durante el gobierno de De la Rúa. Mis hermanos tuvieron que irse a vivir con mi padre a Bell Ville, Córdoba, yo me quedé para terminar el secundario teniendo un poco que cuidar de mi madre y otro poco tolerar sus actitudes que me hacían desconocerla. Resiliencia, mi alma buscaba otro cambio.

Dos mil tres, Bell Ville, Córdoba, mi nuevo hogar. Lugar apacible, tranquilo y lejos de los amigos que había concretado en los últimos años del secundario. Mis hermanos creciendo y pasando por una adolescencia con una gran ausencia que se llama madre. Sus dolores fueron reflejados en sus acciones, y yo intentando orientarlos. Nada fácil.

Bell Ville, mi primer trabajo, mis primeras inversiones. El descubrimiento de un ser capaz de aprender cosas nuevas, de servir para algo. Durante esos años ocurrieron sucesos a los cuales tuve que enfrentar de manera razonable a las incongruencias irracionales de mis hermanos que obedecían a sus caprichos, a sus rebeldías que lamentablemente terminaron lastimándose a sí mismo, sin olvidar también a las incongruencias de mi papá que me hacían sentir despojado de mi rol de hijo para ser padre de él y mis hermanos. Por cierto él terminó separándose de quien fue mi madrastra y nos fuimos a vivir, junto con mis dos hermanos más chicos a un departamento, Maricel ya vivía hace dos años en Morrison, un pueblo cerca, con su hijo y pareja.

Dos mil siete, decido comenzar la carrera de Letras, al año siguiente dejo de trabajar en la fábrica para dedicarme por tiempo completo a la carrera.
Dos mil nueve, mi padre decide irse y dejarnos a mis hermanos y a mí aquí, solos. Resiliencia, y se abrió una herida que revolvió un pasado, un dolor profundo.

Resiliencia, denominación que utilizan los científicos para determinar el estado de los minerales que son expuestos a altas o bajas temperaturas sin sufrir modificación alguna.

Resiliencia, palabra que utilizan los psicólogos para determinar a una persona que mantiene su esencia sin que los hechos o las circunstancias lo modifiquen o alteren el curso de su vida, como un ser social, cabal, definido.

Resiliencia, en simples palabras, la resistencia de todo.

Oviedo Juan Manuel.

miércoles, 23 de mayo de 2012

Despertares de mayo



15 de mayo.

... Amanecer durante la luz sonrosada del alba, mientras los compases que se dejan atravesar por el silencio diurno, cuando aún el movimiento de la vida no ha estallado... se proyectan en el instante de tus ojos, en ese abrir sereno que deja entrar las migajas del amor diario de tu latente corazón, que persiste en la lucha cotidiana del vivir... Hoy es un gran día, en el que se recuerdan los más efímeros momentos de la existencia humana, el día que te recuerda el avanzar, el saber de que renuevas tu sabiduría con el aprendizaje que se conlleva al despertar, el continuar, el amar con todas tus ganas la vida.
Hoy... hoy se recuerda el nacimiento de algo bello, que ha repartido gracias a tu existencia la felicidad, porque has sido el regalo de muchos, y muchos hemos sido tus regalos.

20 de mayo.

...En los matices de la ensoñación, cuando los golpes del tic tac claman la ferviente utopía del suspiro quijotesco, cuando las ensangrentadas venas de la historia reinventan el futuro incierto de los ojos humanos... Allí, donde el silencio agudo entona las más sublimes melodías del alba, Allí despiertas tú, trayendo contigo la acompañante vida a tus queridos que agradecen tu existencia, tan sólo por ser tú. Con las imperfecciones de todo hombre pero con el corazón dispuesto a entregarlo todo, porque en un día como el de hoy así como hace 21 años se evocan las más conmemorativas salutaciones por tu presencia corpórea que persiste en nuestras almas diarias del desierto temporal aún desconocido.

lunes, 30 de abril de 2012

Pesar Universal


¿Qué sucede cuando la presión arterial es causado por el fulgor del dolor, de la incertidumbre de las cuestionables e incuestionables aristas del sentimiento?
Esas falencias que se carece porque nos han hecho sentir que está mal ¿fue tradición, imposición cultural, aversión, negación del ser, impureza del alma, nefasto acto del hombre?
Causal de muertes sin voz.
Pensamientos en reprimendas.
Fatigado exilir de la vida.
Agobiado terrorismo endógeno.
No hay peor infierno que el que se vive a sí mismo.
No hay peor condena que la de nuestros ojos...
y la de los otros.
No hay peor condena que existir con ello.
El sesgo, la irracionalidad que no comprendemos.
El pánico y su habitación.
El silencio que todo lo sabe.
La acallada tortura que nos mitigamos
y la verdad que nos hará libres, y que cuesta;
cuesta la muerte y la liberación.
¡Vaya contradicción! ¿hacia cuál vamos?
Si alguien sabe qué hacer con todo esto, que actúe para dejar vivir.




jueves, 19 de enero de 2012

Hatrúka

- Estas usando palabras-dijo Oliveira, apoyándose mejor en Etienne-.
Les encanta que uno las saque del ropero y las haga dar vueltas por la pieza.
Rayuela, capítulo 28.



La noche anterior hubiera sido perfecta para Joseph Hatin, pero no se descartó en ningún instante de que ella fuera inolvidable.

Edvard Karl, hombre de palabras, abundantes por cierto, había regresado de sus viajes de investigación paleontológica. Lo hacía con mucha profesionalidad, amaba perderse en las inmensidades de los restos históricos porque sabía que en él podría hallar los fundamentos que sustentaran sus estudios y teorías sobre la etimología científica de todo ser vivo y terrestre, en el cual, no se sostenga ninguna relación comprobable y verificable acerca del las composiciones que posee el alma. Las intenciones de Edvard eran desbaratar las falacias de la religión para comprender que los paradigmas que deben regir en la sociedad sean del cientificismo como único medio de conexión y comunicación entre los hombres, que debía ser el nexo que evaluara la mentalidad metódica que justificaban como regla simple la de ayudar al prójimo, que el mundo estaba compuesto de estructuras cercadas en niveles de macros y micros, que cada una se censuraba a sí misma para iniciar a otra. A Edvard Karl solo le obstinaban tales asuntos que pretendía imponer, pero sobre todo estaba empecinado en desmitificar a Joseph Hatin.

El señor Hatin había esperado ansiosamente el encuentro con sus congéneres adictos a la dialéctica, aplicando en ella los teoremas de la ciencia, de las aristas de la fe católica, de su reforma y contrarreforma; profundizaban constantemente entre los actos de habla, del decir y de su poca relación con la acción humana, aplicaban en sus discursos sus ideologemas políticos y sociales, reafirmaban futuras crisis hipotetizando quizás propuestas de salvataje para salir ilesos de ello. Joseph sabía perfectamente que esas noches se hacían eternas y placenteras, porque se hallaba en el recinto íntimo, en el correlato mismo de la razón, del raciocinio, de su conexión intrínseca y recíproca con el espíritu que yacía en su interior y en el de los demás, aunque el resto del clan no avalaba su postura espiritista.
En varias oportunidades se confrontó a sus inertes compañeros de debates con argumentos que sostenían su idiosincrasia, pero el asunto siempre solía concluir con Vladimir Arrúa estrepitando un fuerte golpe sobre la mesa, refunfuñando una respiración de toro embravecido, mientras que el resto se quedaba observando el espeso aire que merodeaba entre ellos para caer como yunque en los pocos humores que enardecían a Vladimir con la sola mención del Dios israelí.
Joseph Hatin vistió su traje de frac negro, fue prolijo en ello aplicando un nuevo ritual de experimentación  meticulosa, apreciaba cada detalle frente al espejo intentado que de todos los ángulos, se viera impecablemente perfecto, su intención pretenciosa de parecer un inmaculado dandy en el bar “Chatnoir” en donde solo asistían honorables hombres de títulos era casi psicótico, pero toda dedicación de absoluta pulidez en el acto de vestir llevaba a la coyuntura mental en el hombre.

Vladimir Arrúa apreciaba demasiado al señor Hatin pero como suele suceder en toda relación en que cada vez que se comparten entre sus pares las existencias mutuas en donde se intercambian diálogos que apelan a manifestarse las construcciones del yo, se intensificaba en cada uno cierta necesidad de verse aunque a ellos mismos les provocaba aversión. Vladimir poseía en sí gran afección hacia Joseph que no tenía parangón con nada  conocido hasta el momento, sin embargo este lo llegaba a exasperar de maneras incomparables. Se llegaría a pensar que Vladimir Arrúa era portador de un sentimiento ambiguo basado  en estados de humor.

Había llegado Joseph Hatin cinco minutos después de la hora debida al bar “Chatnoir”. Atisbó desde la puerta a Joe Eyler, empedernido burócrata que aplicaba a todos sus argumentos un manuscrito insoslayable para que conformara una especie de canon en un futuro sobre estos encuentros de índole intelectual; Ramsés Lezard aficionado al silencio, remataba los debates con breves palabras haciendo de cada uno un perfecto parlanchín que se llenan las bocas de habladurías que ante su sentencia, todos debían eludirse frente a sus posturas póstumas e inacabadas, pero solo esto ocurría cuando ya los temas se iban de la cuestión central; y estaba también Vladimir Arrúa, que agitaba sus brazos como si explicara las cosmogonías del origen sociológico, solo bastaba en llegar al sitio el esperado viajero Edvard Karl que volvía de su expedición en Arabia Saudita.
Joseph se aproximó a ellos y se saludaron fraternalmente. El mesero se acercó para atender las necesidades gustativas de sus comensales. El clan no dudó ni por un instante y pidieron para beber vino tinto, vermú y licor. Transcurrió una hora aproximadamente de la cual no se percataron, puesto que el ansia de reencontrarse y poner sobre la mesa los hechos acaecidos desde la última citación hacía tres meses atrás, fue dueña de ese largo instante. Ramsés Lezard advirtió el tiempo y la demora de Edvard Karl y manifestó su preocupación ante el resto. En el preciso momento en que iniciaban las conjeturas sobre el paradero de Edvard, éste se apersonó ante el bar “Chatnoir” y su presencia desató una serie de exclamaciones y algarabía.

Antes de partir Edvard Karl hacia Arabia Saudita se había reunido en el puerto de aduanas con Vladimir Arrúa. La noche guardaba con ellos la cautelosa reserva de las palabras intercambiadas y se despidieron con un apretón de manos yendo cada cual por su rumbo.

Instaurado ya el tema de debate entre los integrantes del clan, compenetrados en la misma dialéctica, en las elaboraciones de sus argumentos y refutaciones, Joe Eyler se hallaba sumergido en la actividad manuscrita. Rescataba en el aire las palabras deambulantes e intentaba hacer de ellas un breve estrato de tono poético.

Ecuménico concilio,
Frac, fra, fragmento.
Palabra, verbo, ergo, acción
Creación, origen, gen, orden.
Estructuras, bloques, edificación
El hombre, centro.
Almacén, conserva.
Exposición de menesteres
Hálito insaciable que abunda en el ser
Llenar la vida, de sentido, de zen
De no hallarse ido.
Hablar, oratoria, orar, conversar
Emular la facultad de la voz
vos… y yo.

Edvard Karl entre la vorágine proferida del discurso introdujo su mano derecha en el bolsillo de su saco y mostró a la audiencia un paquete envuelto en bolsa de nylon dejando a todos atónitos por la extrañeza de su intervención en forma inesperada e intempestiva. El silencio se adueño de cada uno y Edvard los invitó con la mirada a preguntar pero nadie se animaba a romper con ese encanto del inanimado envoltorio y su contenido cargado de desconfianza y sigilo.
- Cuando salgamos de aquí, iremos a mi apartamento y les mostraré verdaderamente este hallazgo. Esto requiere preparación y sobre todo, reserva.-
Vladimir Arrúa quiso interrogar pero Edvard lo irrumpió diciendo: - Sólo cuando estemos en mi apartamento.- y todos silenciaron.

Sonaba la sirena en el puerto de aduanas, el diálogo que compartían Edvard y Vladimir era directo y conciso, calculador y siniestro. Habían pactado con previsión una humillación.

Llegaron plácidamente al apartamento pero una vez dentro los embargó el sosiego, Josep Hatin comenzó en su interior una serie de diatribas contra quienes fomentaban e hilaban las hazañas del misterio. Se fueron quitando sus sobretodo y en la sala principal se dirigieron a instalarse cómodamente en los sofás  Edvard se ausentó en el momento preciso en que ingresaron. El resto del clan intercambiaba miradas durativas esperando que en ellas hubiera algún indicio de premonición.
- No creo que haya que hacerse una exégesis en cuanto la condición de variabilidad e invariabilidad de los estados anímicos que conserva el hombre, al contrario, debería de dejarse que fluya, que se agite por sí solo, sin motor alguno, porque en ella se manifiesta la profundidad de su hechura. Son los condicionantes externos que ingresan en lo interno y hace de esa acción la reacción suscitada, que le genera un sentido y que se debe hallar en alguna parte -.
- Pero de qué sentido me estas hablando Joseph – exclamó irritado Vladimir. Es a eso a lo que nos oponemos, a esa falacia de la que la gente se pretende justificar como si fuera mediadora y remediadora de sus pecados, hablando en términos eclesiásticos por su puesto, como si ello avalara empíricamente lo que fue metódicamente establecido por un sistema mucho mayor que ordena dentro de cada contexto social los eslabones de este gran principio unificador de nexos transmisibles y que, de cada nexo, en cada individuo lo que le da movimiento es esa falta de necesidad de los objetos, porque es la razón de los objetos, que incentivan esa acción…-
- Sin embargo, justamente a lo que tú llamas sistema, movimiento, son propios de…-
- Termínala Hatin – Sentenció Vladimir llamándolo por su apellido, lo cual era indicio del agravio que le despertaba Joseph. - Esto no se discute más. Hemos venido aquí por otro asunto y no es este precisamente para lo que nos ha reunido Edvard -.
Reaparecía a la sala Edvard Karl trayendo consigo una bandeja de plata con cinco pocillos medianos invitando a sus amigos a una perfecta velada de reencuentro intelectual. Tomaron cada uno su correspondiente infusión y Edvard los invitó a beber asintiendo con la cabeza y murmurando “salud”.


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Cántabro fútil de la nocturna esfera proyectada en los ojos sensibles del memorioso sujeto en que perpetúa su alma debido a la intransigente elección del libre albedrío.
Retrotraerse al ceno, recuperar las fusiones del tiempo incompleto, enumerar los infortunios desaires del dolor.
Tiempo que irrita y pesa, pese a los desatinos del destino. Conllevar la carga que conlleva la vida. Hacer liviano el viento y que se lleve los improperios. Alejar la lejanía del recuerdo, tan tangible y palpable que palpa mis ojos internos. Interior reforzado… resucitado… recuperado…

Ramsés Lezard se encontraba junto al sofá Art Novoa con los ojos puestos en el vacío de la ventana, quietos, perdidos en el silencio y su mente tejiendo una vida que quizás aún no lograba reconstruir y que en esa dilación lo descubría.

  1. Los integrantes de esta junta deberán clasificar y clarificar en cada encuentro los ítemes que se desarrollaran, sin que ésta, afecte la modalidad de favorecer la reconstrucción de conocimientos impartiendo una devolución de la misma de manera constructiva y edificadora del intelecto.
  2. En el caso del que tema desarrollado para debate no satisfaga o complazca a toda la audiencia, este deberá pasarse por alto con un brindis eludiendo la continuación del asunto.
  3. Se efectuará suma importancia en los neologismos ya que de ella se deberán utilizar silogismos que sustenten su uso para la exposición de la postura tomada por el interlocutor.
  4. Deberá dejarse constancia en un acta provisorio que luego será anexado en el libro archivo las firmas de las partes activas de la junta en la que ella indicará en forma breve, puntualizando los datos que se eventualizaron.
  5. Y yo deberé de dejar constancia de mi inapropiada taxonomía de la cual me ha puesto en suspenso de mi denotada aplicación obsecuente, de detallar las aptitudes oratorias cual si fuera la razón y la sentencia de mi existencia metódica y que sin embargo, la ausencia de mi Dolce Vita me mortifica siendo todo ello su rompimiento carnal y sexual, y quizás tal vez hasta espiritual, si es que ella posee su procedimiento, su método.
  6. Los integrantes del clan deberán escuchar atentamente a cada exponente… ¿escucharan?… qué cosa… que simulación falaz… escuchar…

Había escrito Joe Eyler sobre el empapelado beige y verde floreado en la cual la tinta china negra dejaba inerte las exposiciones de su reflexión.

Transcurrió el tiempo posterior a la medianoche y se avecinaba la aurora, a Edvard Karl y Vladimir Arrúa les perturbaba la razón, ellos se habían apartado también de ese orden regular en el cual formaban. Habían entrado en el juego aparente de la verdad, se indujeron a sí mismos en lo que no pretendían ser. El apartamento era testigo de un carácter anómalo múltiple, los ánimos exaltados rondaban indiferentemente en la habitación.
La exposición de los hechos frente a Joseph Hatin estaba siendo puntualmente examinado en su psiquis como una especie de inventario. Su fascinación era tal que lo maravillaba, su perceptibilidad se había agudizado intensamente, sus sentidos parecían haber recobrado vehemencia ante la dimensionalidad del espacio.  Joseph decidió huir, escapar de esa escaramuza contra la realidad, deseaba indagar mas sobre ella, en como cobraba surrealismo bajo esa ósmosis psicosomática potenciada por la noche ulterior.
El día adquiría su embelesa ante el sosiego urbano. El señor Hatin no pertenecía al mundo sino que este lo poseía a él, estaba ajeno de toda contracción. Su éxtasis lo hacia difuso, desatendía la aproximación de las horas, de los colores, de su personalidad, le consternaba toda presencia. Todo le producía un efecto de amenaza y le demostraba miedo. Veía con impasibilidad a causa de la experiencia que habitaba el entorno plural de las clases  sociales.

En el apartamento, Ramsés Lezard interrumpía el sueño, discurría el avatar transitado y se percató de que no había sido el único, que el resto también era dueño de una pesadez. Los zamarreó a cada uno intentado lograr en ellos la renovación de la conciencia, de la recapacitación de los mismos. La habitación se encontraba desalineada, era una imitación artística y símil de las obras de Salvador Dalí conjugado con el imaginario de Franz Kafka. Se hallaban en la reconstrucción de un episodio desigual, hasta excesivo para la condición humana. Repararon en todo ello que la carencia de Joseph Hatin no se manifestaba por algún sitio. Poseyeron de pronto una impresión repentina de que se encontraban frente a una preocupación de lo adverso, sobre todo Edvard y Vladimir, y partieron ambos a socorrerlo de cualquier imprevisto incidente.

Deambulaba Joseph Hatin por un puente a orillas del mar. El día después de la corriente noche parecía inacabarse, su estado aún perpetuaba en las células de su cuerpo, se hallaba desolado, y sus brazos desamparados que no receptaban la longitudes del terreno y le producía tedio. La persecución lo alteró, lo inquietó, alcanzó avistar detrás de sí a dos transeúntes, la adrenalina comenzó a accionar con mayor velocidad sobre su anatomía, las figuras que lo rodeaban empezaban a cobrar fisonomías completamente particulares. El cielo de aquel ocaso adquiría para el señor Hatin sangre y lenguas de fuego, el tumultuoso mar quedaba indefinido ante él, percibiendo en ella espirales violentos, agresivas, todo conseguía por su propio dominio representarse en líneas curvas jugando con la realidad de Joseph. La instancia era enfadosa y continua con que se lo acosaba por estos dos hombres que lo observaban de lejos. Se percató de que su rostro se deformaba, que palpaba de él una calavera alargada, que la realidad lo consumió en su juego fugaz de remolinos, líneas, torbellinos, que su figura clamaba una salida, de estallar ante esos colores vivos y pusilánimes, sintió crujir desde dentro la voz, lo original, lo único, el anuncio que no denunciaba su boca y sus cuerdas vocales sino algo mas profundo. El grito rotundo de la muerte, y cayó al suelo con el rostro deformado, el cuerpo tieso y ambas manos sobre su rostro.

Edvard preparó una infusión para sus invitados nocturnos que había traído a su apartamento, todos debían experimentar el misticismo que de ella se extraería una vez bebido, pero sabía que para Joseph Hatin su infusión iba a ser más eficaz porque su dosis era el doble que la de los demás y porque también la había adulterado con otros componentes provenientes de Oriente y del sur de África. Edvard Karl escuchó la irritación de Vladimir y decidió presentarse con sus tragos o como él lo solía llamar, Hatrúka.




Oviedo Juan Manuel

lunes, 12 de diciembre de 2011

Encomiendas

con fragmentos del cuento “La nariz”, de Nicolai Gogol.


El 25 de marzo tuvo lugar en San Petersburgo un suceso de lo más extraño. En la Avenida Vosnesenski vivía el barbero Iván Yakovlievich, hombre taciturno, de ojos vibrantes y temerosos, su rostro de facciones fuertemente marcadas por la rutina fue testigo de un caso singular, inexorable al tiempo, indómito a los relatos populares y que además fue acallado por la fuerza más poderosa que dominaba la conciencia de los hombres en ese momento, en donde no había lugar para las expresiones cientificistas que por aquel entonces empezaba a emerger por toda Europa.
Pero me siento un poco culpable por no haber dicho nada hasta ahora sobre Iván Yakovlievich, hombre honrado bajo todos los conceptos.
Iván Yakovlievich, como todo hombre formal de Rusia, ocupado en un oficio, era un borracho empedernido y a pesar de que a diario rasurase barbas ajenas, la suya permanecía siempre sin afeitar. El frac de Iván Yakovlievich (no usaba nunca levita) era pardo, así como también el rubor de su rostro debido a su constante contacto con el vodka y el kvas. A pesar de ello, su trabajo lo mantenía ocupado, a sus costumbres y a sus quehaceres. Quehaceres que elaboraba con tanto empeño durante el restante escueto tiempo vespertino; elaboraba la reconstrucción de manuscritos perdidos que fueron hallados aproximadamente hace diez años en la puerta de su barbería, sin remitente y sin dirección.  Iván Yakovlievich lo había abierto y halló dentro siete fardos de recortes de cartas envueltos en paquetes separados de color papel madera; estos recortes no formaban en sus fragmentos ninguna  oración coherente sino que estaban todas recortadas palabra por palabra y quizás algún que otro nexo recortado junto a su precedente pretendiendo dar indicios de su construcción.
Diez años exactos se sometía el barbero a la ejecución de la reconstrucción de las curiosas epístolas a partir de la llegada de ese misterioso empaque.
Su preocupación lo mantenía y lo mantuvo entretenido, pendiente de su labor, lo intrigaba furtivamente resolver el emisor de los manuscritos, hasta había llegado a la conclusión de que eran varios los autores, la tarea lo agobiaba, el tiempo lo agotaba, su rostro y los años le suprimían la paciencia. Su esposa lo creyó loco, pero su miedo la obligó a cercenarse a sí misma por temor al Poder.
A la mañana siguiente Iván Yakovlievich se levantó más temprano que lo habitual, no había logrado pegar un ojo en toda la noche, lo desvelaba el misterio. Bajó hacia la barbería para levantar las cortinas y barrer la vereda. Giró el letrero para indicar la apertura de su oficio y avistó desde la ventana otro paquete, similar al que había recibido hace exactamente diez años atrás y también un 25 de marzo.
Estupefacto, Iván Yakovlievich tomó la caja con ambas manos y la ingresó al salón de la barbería. Temía abrirlo, se sentó delante de él y lo observaba como si esperara encontrar dentro las respuestas a sus preguntas que le llevó una década intentar descubrir la verdad, la verdad de todo ese secreto que parecía pertenecerle y que al mismo tiempo no le pertenecía. Se levantaba de la silla y giraba entorno a el, se frotaba la cabeza e intentaba reflexionar, no sabía si acudir a su esposa o dejarla dormir y ocultar la caja. Decidió ocultarla y abrirla por la noche mientras el pueblo se silenciaba por el sueño cotidiano, pero escuchó descender de las escaleras a Irina, su esposa, y ya era demasiado tarde para tal peripecia. Irina Yakovlievich advirtió desde lejos el curioso paquete. Creyó que su esposo había decidido deshacerse de el y  se percató que este permanecía sin abrir, estaba intacto, y el asombro la invadió por completo. No quería que su marido se obstinara en el por otros diez años más. Miraba a Iván Yakovlievich y a la caja esperando que él emitiera alguna palabra sobre ello.
- Estaba en la puerta – atinó a decir Iván.
Irina se acercó a el y ambos de pie frente al paquete estaban paralizados, no lograban pensar, no cabía en sus mentes otro hecho fortuito que atormentara sus vidas de maneras singulares. Fue ella quien se animó a arriesgar abrirlo y halló dentro una nota sobre otro paquete envuelto, una nota que decía “No metas demasiado tu hocico donde no debes, te hemos encontrado, es conveniente no divulgarlo”. Irina se alejaba lentamente del paquete pero su esposo decidió acercarse. Metió los dedos y sacó…, ¡horror!, ¡una nariz!... Iván Yakovlievich se quedó petrificado. Empezó a restregarse los ojos y a palpar la nariz. Sí, no cabía duda: se trataba de una nariz y hasta le parecía que era de un conocido. El espanto le cambió el semblante. Pero este espanto no fue nada comparado con la indignación de su esposa. Estaba furiosa, molesta con su marido porque nunca quiso deshacerse de esas palabras que perturbaban desde su llegada la conciencia de Iván, que lo maltraían en su inquietud de hombre común, que lo había deteriorado físicamente, abandonado a sí mismo.
Iván Yakovlievich avizoró a Irina, se sentía arrepentido, comprendía cada vez menos los hechos, los paquetes, las fechas, los años transcurridos, las cartas desparejadas cual si fueran rompecabezas, la nariz, su nariz… y se espantó más aún cuando logró quitarle la nota a su esposa y la leyó.
Se abrió la puerta de la barbería e inmediatamente intentaron ocultar la encomienda. Era un cliente que llegaba para rasurarse su corta barba. Iván e Irina hicieron como si no hubiese pasado nada pero en sus ojos les embargaba el horror. El cliente se sentó en la silla y abrió el diario que trajo consigo. El barbero comenzó con su ritual previo para comenzar a afeitarlo y ojeó un titular del diario en el cual anunciaba que las inquisiciones aún permanecían vigentes de manera clandestinas. Iván Yakovlievich no se explicó porqué tuvo la pretenciosa asociación de los hechos, pero algo le dijo que tales  asuntos estaban relacionados de manera intrínseca. Tenía la certeza de que poseía un misterio que no lograba develar y que al mismo tiempo se lo develaban los paquetes inconclusos.
- Estos periodistas aunque Digan lo que quieran, en el mundo se dan semejantes sucesos… aunque raras veces, pero suceden. ¿Usted que piensa al respecto, Iván? -
Iván Yakovlievich se quedó perplejo, no respondía y musitó después de un corto silencio - A veces… no hay que darse por vencido a buscar la verdad, por más que nos cueste la vida. Al menos… para eso existe la duda ¿no?-.





Juan Manuel Oviedo.